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1. Cierre al caso del Amerithrax

El 19 de febrero, el Departamento de Justicia norteamericano cerró finalmente el caso del Amerithrax, nombre que dio el FBI a la investigación de los envíos de sobres con esporas de Bacillus anthracis (el agente causante del carbunco o ántrax maligno) que tuvieron lugar en EE.UU. tras los atentados del 11-S. La que ha sido una de las investigaciones más complejas del FBI concluye -tras más de ocho años- declarando como único culpable al Dr. Bruce Ivins, empleado del Instituto de Investigación de Enfermedades Infecciosas del Ejército de EE.UU. (USAMRIID) cuyo trabajo estaba centrado precisamente en la investigación y desarrollo de vacunas frente al ántrax maligno. Ivins se suicidó en julio de 2008, cuando estaba a punto de ser acusado oficialmente por el Departamento de Justicia.

Inicialmente, los envíos de esporas de B. anthracis se relacionaron con la red terrorista al-Qaida, debido a su proximidad en el tiempo con los atentados del 11-S. Esta hipótesis parecía cobrar fuerza ante las informaciones sobre la supuesta capacidad no convencional de la red terrorista que contaría con armas químicas, biológicas e incluso nucleares en su refugio afgano. Esto parecía confirmarse con la detención de Ibn al-Shaykh al-Libi, responsable del campo de entrenamiento de Khalden, tras el inicio de las operaciones militares en Afganistán. Los interrogatorios de al-Libi concluyeron que al-Qaida había recibido apoyo de Iraq en su programa de armas de destrucción masiva. Sin embargo, posteriormente se sabría que al-Libi había fabricado la información y que no existía ningún tipo de colaboración con el gobierno iraquí. Por otro lado, las tropas de la coalición en Afganistán únicamente encontraron restos de rudimentarios experimentos con sustancias químicas tóxicas en algunos campos de entrenamiento, un laboratorio a medio construir destinado a su programa biológico y documentos que mostraban el interés por disponer de una capacidad nuclear o radiológica.

2. El programa de armas biológicas de al-Qaida

Desde 1999, al-Qaida intentó poner en marcha su laboratorio de producción de esporas de B. anthracis con la colaboración de Abdur Rauf Ahmed, doctor en microbiología pakistaní y empleado del Consejo de Investigación Científica e Industrial (PCSIR). Documentos encontrados en Afganistán muestran que Rauf intentó, sin éxito, obtener la cepa patógena de B. anthracis en Europa. Incluso el MI5 británico llegó a investigarle en septiembre de 2000 cuando intentaba aprovechar sus contactos en el Reino Unido para obtener materiales destinados al laboratorio en Afganistán. A pesar de esto no fue arrestado ya que el servicio de inteligencia británico no le relacionó con al-Qaida en aquel momento.

Pero Rauf no estaba motivado ideológicamente con la causa de al-Qaida sino que su motivación era económica. Cartas encontradas en Afganistán dirigidas a Ayman al-Zawahiri muestran que se quejaba continuamente de los escasos recursos económicos que disponía. Esto y los nulos resultados de su periplo europeo llevaron a que al-Zawahiri prescindiera de sus servicios a finales del año 2000 y utilizase los contactos de al-Qaida con la Jemaah Islamiya (JI) –grupo terrorista afiliado a al-Qaida que opera en el sudeste asiático– para buscar un sustituto.

De esta manera se seleccionó a Yazid Sufaat, un antiguo capitán del Cuerpo de Sanidad del Ejército malasios con estudios universitarios en EE.UU., que se incorporó al programa de armas biológicas en Afganistán a principios de 2001, tras participar en los atentados contra iglesias que tuvieron lugar en Indonesia el 24 de diciembre de 2000. Pero poco podría hacer, no sólo por su falta de experiencia en microbiología sino porque pocos meses después de su llegada a Afganistán se inició la intervención militar de la coalición liderada por EE.UU. Sufaat huyó a Indonesia e intentó reiniciar el programa buscando la colaboración de un científico de un instituto de microbiología, pero fue finalmente arrestado en diciembre de 2001 por las autoridades malasias.

3. La investigación del Amerithrax

Uno de los principales problemas que se encontró el FBI en la investigación del Amerithrax fue la dificultad inicial de vincular la cepa de B. anthracis presente en las cartas, conocida como cepa Ames, con la cepa de un laboratorio específico que trabajase con este microorganismo. El FBI recopiló unas 1.100 muestras de todos los laboratorios que almacenaban la cepa Ames en EE.UU. y en el extranjero con el fin de comparar su “huella genética” con la de la cepa Ames de los sobres. Pero los resultados no fueron los esperados ya que las variaciones resultaron ser mínimas e insuficientes para establecer algún tipo de relación.

Sería el azar y el ojo experimentado de un científico del USAMRIID –donde trabajaba el propio Ivins– los que permitieron que en 2007 las técnicas de tipado molecular relacionasen las esporas de B. anthracis de los sobres con ocho muestras que tenían, a su vez, origen en una muestra denominada RMR-1029 del USAMRIID. Aunque varios empleados del Instituto, además de Ivins, tenían acceso a esta muestra, la investigación llegó a la conclusión de que Ivins era culpable basándose en otro tipo de pruebas obtenidas en la investigación. La imposibilidad inicial que tuvo el FBI para centrar la investigación en la muestra RMR-1029 del USAMRIID parece haberse debido a que Ivins, quien también colaboraba en la investigación del FBI, proporcionó muestras alteradas para evitar o dificultar su análisis.

4. Conclusiones

La investigación del Amerithrax ha supuesto un avance importante para la microbiología forense, que será de utilidad en futuras investigaciones similares, si bien es importante añadir que las técnicas empleadas están aún siendo evaluadas por la Academia Nacional de Ciencias (NAS). Aun así, las dificultades de relacionar las esporas de B. anthracis con un determinado laboratorio ponen de manifiesto las limitaciones de las técnicas de tipado molecular en el caso de este microorganismo –con una baja tasa de mutación–. Esto y el que las esporas hayan demostrado que pueden diseminarse de una forma más que aceptable sin necesidad de añadir aditivos para mejorar su aerosolización, son una mala señal que podría animar al patrocinio de Estados que cuenten con cepas patógenas con las que trabaje habitualmente cualquier laboratorio de microbiología.

El programa de armas biológicas de al-Qaida muestra la estrategia de la red terrorista de obtener cepas patógenas a través de científicos que trabajaban o tenían contactos con laboratorios de microbiología con colecciones de cultivos. Si a esto añadimos el hecho de que el responsable del Amerithrax fue un científico del propio programa de defensa biológica del Ejército norteamericano, queda clara la importancia de tener en cuenta la amenaza que suponen los “insiders” a la hora de evaluar el riesgo del bioterrorismo. Por este motivo, a las medidas ya consideradas como imprescindibles en la lucha contra el terrorismo yihadista, que incluyen, entre otras, potenciar la obtención de inteligencia humana (HUMINT) y el intercambio de información entre todos los servicios de inteligencia –dado su carácter transnacional–, es necesario añadir aquellas que permitan reducir vulnerabilidades mejorando la seguridad (biosecurity) de las instalaciones que trabajan con microorganismos patógenos.













Fuente:
René Pita

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