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  Crimen y castigo -  CRIMINALISTAS

Bernard Madoff fue sentenciado el lunes pasado a 150 años de prisión por sus delitos. Entretanto, sus víctimas siguen a la espera de que se les devuelva su dinero y tratan de comprender cómo ha sido posible que un fraude tan colosal pasara desapercibido durante tanto tiempo. Tanto en un aspecto como en el otro, parece que las respuestas distarán mucho de ser satisfactorias. Lo más probable es que los inversores recuperen una mínima parte de su dinero y Madoff parece que está decidido a llevarse sus secretos a la tumba.

En su declaración ante el tribunal antes de oír la sentencia, el acusado intentó descargar a los miembros de su familia de todo conocimiento de sus actividades fraudulentas y demostró muy pocos remordimientos. Su colaboración con la fiscalía ha sido escasa, según se ha informado. Si bien el sentido común empuja a pensar que un fraude de esta naturaleza no podría haberse llevado a cabo sin el concurso de unas cuantas personas más, son muy escasos los síntomas de que los secretos del decimoséptimo piso del señor Madoff vayan a ser conocidos en fecha próxima, si es que lo son alguna vez.

En los Estados Unidos, las conductas delictivas y su castigo, especialmente cuando se refieren a delitos de cuello blanco, sin violencia, dan lugar con frecuencia a situaciones perversas. Los acusados que colaboran con las autoridades y se declaran culpables obtienen sentencias muy leves por lo general, mientras que son severamente castigados quienes ejercen su derecho a defenderse a sí mismos y van a juicio. Una vez que un individuo ha caído en el punto de mira de los fiscales, para el acusado tiene un coste muy elevado hacer uso de los derechos que le garantiza la constitución norteamericana. En el plano práctico, es mucho menos gravoso renunciar a los derechos que le asisten a uno. Es como si una negativa a declararse culpable se interpretara como un delito más contra el sistema.

La sentencia de Madoff ha tenido una enorme carga simbólica, puesto que todo lo que fuera más de 25 años de condena garantizaría que va a morir en la cárcel. La clave de sentenciarlo a la máxima pena prevista, 150 años, no ha sido sólo la de dar ejemplo, sino la de fijar una pauta conforme a la que puedan medirse en el futuro todos los casos de fraude. Señalar una pena inferior a la máxima en el mayor fraude de la historia habría convertido los precedentes judiciales en Estados Unidos (es decir, las referencias que a los jueces se les exige que tengan en cuenta a la hora de determinar condenas de cárcel en los tribunales federales norteamericanos) en una farsa.

A quienes estábamos al tanto de que Madoff ganaba dinero un mes tras otro, con independencia de que el mercado estuviera subiendo o cayendo, no nos pilló de sorpresa que las rentabilidades de sus inversiones fueran un camelo. El negocio de gestión de fondos de Madoff era todo un catálogo de malas prácticas. Tenía contratada una empresa de contabilidad prácticamente desconocida y había montado servicios propios de custodia, liquidación, gestión y administración. Como consecuencia de ello, resultaba imposible verificar desde una posición independiente ni uno solo de los datos de sus operaciones ni los rendimientos de sus inversiones.

Como es obvio, esta manera de obrar era premeditada y debería haber servido como señal de alarma a cualquiera que le hubiera prestado un poco de atención. Cuando se le preguntaba sobre la forma en que generaba sus ganancias, Madoff se negaba a dar una respuesta con el pretexto de que era una estrategia «exclusivamente suya», un ardid tras el que muchos otros gestores de fondos de riesgo (hedge funds) tratan de ocultarse. Según declaraciones del propio Madoff a la prensa, «yo no tengo ningún interés en educar al resto del mundo en la estrategia que seguimos y no voy a entrar en los matices de cómo manejamos el riesgo» y «la estrategia es la estrategia y las ganancias son las ganancias». Es más, sus mentiras no eran más que mentiras.

GESTIÓN ARRIESGADA. Madoff y sus agentes encontraron muchos inversores crédulos, que se morían de ganas de creer que los gestores de inversiones son capaces de obtener rendimientos positivos mes tras mes con independencia de las condiciones del mercado. Pero él no es el único gestor de fondos de riesgo que ofrecía la ilusión de bajo riesgo y grandes beneficios.

Cuando a finales de 2007 el sector de fondos de riesgo creció hasta alcanzar un volumen de casi 1,3 billones de dólares -alrededor de 928.600 millones de euros al cambio de hoy-, muchos fondos adoptaron lo que podría describirse como la otra cara del modelo de inversión denominado del Cisne negro. Nassim Taleb es conocido por la estrategia de inversión del cisne negro, que entra en sectores que producen pérdidas modestas durante la mayor parte del tiempo pero que periódicamente generan enormes ganancias si el mercado o unas acciones en concreto experimentan movimientos violentos.

Muchos fondos de riesgo, entre ellos el de Madoff, ponían en práctica estrategias de baja volatilidad que replicaban este modelo del Cisne negro pero al revés, realizando un gran número de pequeñas operaciones con beneficios frente a la posibilidad, muy menor, de que se registraran pérdidas monumentales como consecuencia de acontecimientos estadísticamente improbables o de la volatilidad del mercado.

Algunos fondos invertían en títulos de gran liquidez con importantes niveles de apalancamiento (por ejemplo, fondos de arbitraje de créditos) y otros invertían en deuda y valores ilíquidos (por ejemplo, en fondos crediticios y en fondos de capital no cotizados).

Ahora sabemos que los denominados acontecimientos estadísticamente improbables se producen con mucha mayor frecuencia de lo que aseguraban los teóricos. Los mercados funcionan en la práctica, no en teoría. El mundo anda sobrado de volatilidad y de momentos de repunte y la mejor manera de saber si un gestor de inversiones es lo que dice ser consiste en comprobar que pierde dinero de vez en cuando; no hasta el punto de que sus pérdidas sean catastróficas, pero sí hasta un grado en el que las pérdidas sean dolorosas. Los inversores que no pierden dinero es que no está operando de acuerdo con las reglas del mercado.

Por último, algo habrá que decir de los reguladores de EEUU, que han permitido que Madoff haya pasado inadvertido durante tantos años. El numeroso grupo de personas, a ambos lados del Atlántico, que han perdido no sólo su dinero sino también su confianza en los mercados norteamericanos, está indignado, y con toda razón, con el fracaso de la regulación que ha permitido que se haya producido un fraude de esta envergadura.

La Securities and Exchange Commission (SEC) [equivalente en España a la Comisión Nacional del Mercado de Valores] fue advertida en diferentes ocasiones de la estafa y no tomó ninguna medida. No hay nada que pueda justificar un fallo de este tipo. De la misma manera que no hay remedio para la credulidad y la codicia que llevaron a los inversores a llamar a la puerta de Madoff, probablemente no haya tampoco remedio para el nivel de incompetencia que ha caracterizado a los reguladores que han sido responsables de dejar que robara tanto a tantos durante tanto tiempo.

Todavía pone más los pelos de punta el hecho de que Madoff llegara a ser presidente de Nasdaq, una de las organizaciones de autorregulación más importantes del sector financiero (la que era responsable de supervisar su compañía de inversión). La nueva jefa de la SEC, Mary Shapiro, es la anterior responsable de Nasdaq y, antes de eso, una de los Comisionados de la SEC, es decir, uno de los miembros de su dirección.

Capitalismo de compadreo, corrupción, llámese como se quiera. Si Estados Unidos está dispuesta a seguir atrayendo capitales de todo el mundo, es necesario tomar medidas drásticas para garantizar que aquellos que tienen la obligación de proteger a los inversores tengan valor para contarle la verdad al poder. Los reguladores deberían ser seleccionados al margen de las estructuras de poder existentes, no entre las filas de aquellos organismos que ya han demostrado que no sirven para nada.







Fuente:
El Mundo



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