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  Habrá vídeos de todos y no será como ahora, será peor!. -  CRIMINALISTAS

Los teléfonos móviles ya pueden grabar vídeo de calidad y almacenar mucho tiempo de grabación, ya que un minuto de grabación ocupa unos 15 megabytes y ya es común que los nuevos modelos estén equipados con tarjetas de memoria de ocho gigas, suficiente para llegar a unas nueve horas de vídeo.

Y los precios bajan rápidamente. Una tarjeta de dos gigas, capaz de guardar unas dos horas de grabación, cuesta ahora unos seis euros, cuando hace dos años valía sesenta.

Es cierto que todavía no hay muchos terminales con esa calidad, pero el vertiginoso ritmo de evolución de los fabricantes de teléfonos posibilitará que, en unos años, el vídeo de calidad sea estándar para cualquier teléfono móvil de gama media, como ahora ocurre con la cámara de fotos o el reproductor MP3. Y eso, teniendo en cuenta el tamaño del mercado de los móviles, supone magnitudes descomunales en términos de número de usuarios. En España hay más de cincuenta millones de móviles activos y en el mundo se han superado los 4.000 millones. Además, el ritmo de renovación de terminales es muy alto.

En los últimos cuatro años, en España se han vendido más de veinte millones de teléfonos anuales, lo que supone que, teóricamente, el parque total puede renovarse en algo más de dos años. Por tanto, en cinco o seis años existen probabilidades razonables de que decenas de millones de españoles –y centenares de millones de usuarios en todo el mundo– lleven continuamente en el bolsillo un dispositivo con el que grabar horas de vídeo de calidad y lo que es casi tan importante, el teléfono también permitirá enviar esas imágenes a cualquier sitio (desde Youtube o Facebook hasta las webs de las televisiones o los periódicos), inmediatamente después de haberlas grabado, ya que la mayoría de los teléfonos podrá transmitir datos con altas velocidades, similares a las de un ADSL fijo.

Es verdad que, desde hace años, se han visto, de forma creciente, imágenes de videoaficionados en las televisiones, pero ese fenómeno no ha supuesto una revolución para los medios. Y la razón es que, aunque muchas personas tienen videocámara, nadie la transporta todos los días, cuando va a trabajar o a la compra, trayectos rutinarios en los que, sin embargo, siempre lleva el móvil encima.

Por eso, el impacto mediático de millones de cámaras de vídeo transportadas perpétuamente en el bolsillo de los ciudadanos será enorme. Y es que, aunque supuestamente vivimos en la era de la imagen, la diversidad real de vídeos que recibimos es bastante más limitada de lo que creemos.

En Madrid, sede de los mayores grupos de comunicación de España, sólo existen entre 200 y 300 cámaras activas de televisión profesional, sumando las que utilizan todos los canales de televisión y las agencias. Eso reduce la capacidad de los medios para ofrecer imágenes diferentes, sobre todo, teniendo en cuenta que muchas de estas cámaras se solapan con otras en los principales acontecimientos públicos de índole política, social, cultural o deportiva.

Imágenes de segunda mano
Por eso, en realidad, las imágenes que recibimos de muchos acontecimientos –como accidentes de tráfico, incendios, atentados o episodios de violencia doméstica, que constituyen buena parte del minutado de nuestros telediarios– son, en realidad, imágenes a posteriori, en las que las cámaras llegan minutos u horas después de que se produzcan los hechos y sólo ofrecen planos de segunda mano, como las grúas retirando el camión cruzado sobre el asfalto o entrevistas a los vecinos del asesino de su pareja, que aseguran que el crimen se veía venir o, por el contrario, que nadie se esperaba algo así.

Pero cuando todo el mundo transporte, siempre, una cámara de vídeo encima, aflorará una nueva categoría de imágenes, estas sí de primera mano y mucho más impactantes, fascinantes y, en muchos casos, terribles, que las que estamos acostumbrados a contemplar a diario. Sólo hay que imaginarse el shock social que hubiera provocado la emisión de docenas de versiones diferentes de los atentados del 11-M, inmediatamente después de las explosiones en los trenes y estaciones.

De todo y para todos
Con un ejército incontable de cámaras activas, veremos vídeos de ajustes de cuentas entre bandas rivales de mafiosos, narcotraficantes o tribus urbanas; árbitros agredidos; atracos; carteristas en plena faena; guerras de todas clases con sus espeluznantes consecuencias; golazos y goles absurdos; granizadas; heridos, agonizantes y muertos en accidentes de coche, autobús, tren y avión; incendios; inundaciones; jóvenes y niños peleándose o acosando a otros; peleas familiares; nevadas; famosos (deportistas, actores, políticos) o semifamosos, bajo los efectos de ingestas masivas de alcohol o psicotrópicos; la misma caterva de famosos, sorprendidos en compañía de parejas que, o no son sus parejas habituales, o no son del sexo habitual; mujeres maltratadas en todas sus variedades; persecuciones policiales; políticos abucheados o acosados por turbas vociferantes; reyertas de cualquier colectivo marginal proclive a actitudes del tipo “para qué vamos a discutir si lo podemos arreglar a tiros”; tanganas deportivas; tirones de bolsos; tormentas; tornados y muchas más cosas que pasan continuamente para recordarnos los muchos males que afligen al género humano y que en el futuro seguirán ocurriendo y serán grabadas y emitidas.

Todo se acaba emitiendo
Y todos esos vídeos se acabarán conociendo, por muy terribles y truculentos que sean, o por mucho que atenten contra la intimidad, el pudor o, simplemente, el estándar de buen gusto de la sociedad. Porque, si hay algo seguro en este mundo, es que todo lo que se puede hacer, acaba haciéndose en algún sitio.

Quizá al principio, las cadenas “serias” no incluyan en sus informativos de prime time las imágenes más escabrosas, brutales, o que invadan abiertamente la intimidad. Pero seguro que muchos de esos vídeos acabarán filtrándose a los desagües de la programación, esos espacios de tertulias nocturnas, a medio camino entre el corazón y los sucesos, en los que sólo impera la ley de la audiencia.

Y si la presión competitiva crece y la lucha por la audiencia y la publicidad se encarniza aún más –y con la actual caída en picado de la publicidad es un escenario probable– los directores de los informativos se guardarán los escrúpulos y emitirán casi cualquier cosa con tal de ganar la partida.

Además, habrá excesos, claro. Excesos, escándalos y fraudes. Basta recordar la cobertura mediática de los asesinatos de Alcasser, o de la sevillana Marta del Castillo, para tener un pálido reflejo de hasta donde se puede llegar en los medios de comunicación para arañar unos puntos de share. Pero las imágenes se acabarán emitiendo siempre, cualquiera que sea el mecanismo que se utilice para darlas a conocer. Saldrán en Youtube o en un youtube chino o domiciliado en las Cayman, y serán inalcanzables para los tribunales españoles.

Esa nueva realidad obligará a los medios de comunicación a aclimatarse al escenario a toda velocidad. Probablemente, primero se verán afectadas las webs de los periódicos generalistas, que acabarán disponiendo de bancos de vídeos generados por los lectores (convertidos, a la vez, en videoespectadores y periodistas aficionados) mucho más potentes que los actuales. Pero cuando eso ocurra, las cadenas tradicionales no podrán mantenerse al margen si no quieren que sus informativos pierdan la batalla a manos de las webs audiovisuales.

Proliferación de fraudes
Es razonable suponer que, dentro de unos años, buena parte de las imágenes impactantes que ilustren los informativos sean proporcionadas por ciudadanos cuya actividad principal no será el periodismo. Eso obligará a los grupos de comunicación a disponer de equipos entrenados para seleccionar las imágenes aportadas por los ciudadanos.

Un negocio como este –necesariamente fomentado mediante una remuneración económica–, tendrá que disponer de mecanismos de detección y eliminación de los vídeos fraudulentos –los fake (falso, en inglés) de Internet, como el de la supuesta bronca del Gran Wyoming a una becaria–, que proliferarán geométricamente, con la intención tanto de beneficiar económicamente a su autores como de manipular a la opinión pública o tender trampas a cualquier rival.

Y si eso ocurre, es probable que, por el principio de acción-reacción, la opinión publicada bien pensante y nuestra siempre oportunista clase política exijan un control más riguroso del mundo audiovisual, cualquiera que sea su medio de distribución. Ese movimiento legitimará las larvadas pulsiones censoras que siempre laten en el corazón de artefactos jurídicos para el control político como el Consejo Audiovisual de Cataluña o su Primo de Zumosol, en versión nacional, que nos está esperando desde su nido en el borrador de la futura Ley General Audiovisual, aunque pueda acabar asilándose, como un cuco, en el seno de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones.

Y mientras esto ocurre, la audiencia televisiva se fragmentará irremisiblemente, porque los jóvenes ven cada vez más vídeos por Internet y pasan menos tiempo ante el televisor. Cada web de un periódico o cada red social tendrá el potencial de convertirse en un remedo de las actuales cadenas, aunque sea con una programación difusa y fragmentaria que sólo tenga atractivo para un núcleo cerrado de usuarios –más o menos amplio– que comulguen con intereses comunes.

Prosumer
Los usuarios se transforman en emisores (prosumer: productor y consumidor, a la vez, de contenidos audiovisuales) y siempre habrá alguien –miles de millones o unas pocas docenas–, que esté viendo algún vídeo colgado en algún sitio. Es lo que Chris Anderson acuñó como The Long Tail (la larga estela) en la revista Wired.

En este entorno, con una fragmentación de la audiencia y de la publicidad, la televisión –si podemos llamar así a la emisión simultánea de millones de fuentes de imagen sin control, orden ni una parrilla– dependerá, cada vez menos, de las concesiones administrativas de las frecuencias radioeléctricas, y por ello, afortunadamente, también cada vez menos del poder político de turno.





Fuente:
Expansión



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